El ejecutivo y el disco
Al llegar a los capítulos V y VI de Gödel, Escher, Bach me encontré con dos preguntas que no se dejan agarrar: cómo un proceso se construye sobre sí mismo, y dónde está realmente el significado. Las leí con la costumbre de armar arquitecturas de software metida en la lectura. Vi en Hofstadter pasajes de un brillo que quiero guardar, y también un lugar donde su visión choca con la manera en que, de verdad, construimos e interpretamos.
En el capítulo V la recursividad aparece, y es hermosa. Algo se define con una versión de sí mismo. Hofstadter la cuenta con un ejecutivo al teléfono. Está con A cuando llama B, y deja a A en espera. Llama C, y B espera también. Cuando C cuelga, vuelve a B, y solo entonces a A. Si en medio de B entra D, B regresa a la espera hasta que D termine. Desde el software, dejar una llamada en espera para tomar la que entra suena a cola, a atender el flujo conforme llega. Hofstadter hace lo contrario: el ejecutivo regresa al revés, de la última llamada a la primera, y esa vuelta es una pila. El matiz que a mí me importa, y que el teléfono del libro deja en el aire, es la dependencia. El ejecutivo pausa al cliente, llama a su supervisor por una duda, y el supervisor llama a soporte. Nadie puede contestarle al cliente hasta que esa cadena regrese, de adentro hacia afuera. Las oraciones en alemán, como bien dice el libro, caminan así. La mente acumula el contexto hasta que los verbos llegan al final y cada idea puede cerrarse.
La magia, con todo, no está solo en pausar tareas. Está en sacar lo inagotable de algo que se puede escribir entero. Me fui de inmediato al Juego de la Vida de Conway. Un estado inicial simple, un puñado de reglas, y de ahí una complejidad de dibujo y de conducta que no se acaba. No es la misma máquina: en la Vida no hay una llamada metida dentro de otra. El vértigo, para mí, sí lo es. Reglas que caben en una servilleta, y un universo que no se termina de mirar.
El capítulo VI abre un abismo. ¿El significado está dentro del mensaje, o lo construye quien lo lee?
Hofstadter se inclina con fuerza hacia lo primero. Un mensaje lo bastante complejo, hecho de lógica y de matemáticas, traería una fuerza capaz de dictar su propio significado. Si mandamos un disco al espacio, cualquier inteligencia sacaría de él la misma lectura. Es una visión hermosa, muy cercana a la manera en que El problema de los tres cuerpos hace encontrarse a dos especies sobre una física común. Él mismo imagina a alguien que atravesaría ese disco sin ver en él un mensaje, y todavía confía en que el significado está en el objeto, y en que se repetiría para cualquiera que merezca llamarse inteligente.
Ahí me separo del libro, y no un poco. Yo me quedo del lado constructivista. Un mensaje, por armado que esté, no es más que marcas en un papel o variaciones en una onda. El significado no se extrae. Se construye, con la maquinaria sensorial de quien lo recibe, con su mente y con su contexto. No hay una ruta directa entre el símbolo y la idea.
Si una inteligencia no vive el tiempo en secuencia, como plantea Ted Chiang de un modo que todavía me deslumbra en La historia de tu vida, nuestra lógica puede quedarse en ruido. No podemos olvidar que la forma en que entendemos el universo sale de una biología, la de este planeta.
Uno querría que la estructura pura nos salvara. Compartimos el universo, al fin y al cabo, y las leyes que lo rigen. Hofstadter confía en que la conciencia puede saltar fuera de las reglas y reconocer verdades que otra mente también vería. Cuando lo leo así, siento el teorema de Gödel detrás, aunque este capítulo apoya la apuesta en algo más simple: que toda inteligencia natural respondería igual ante la misma estructura. Y eso, me parece, pasa de largo un problema de fondo. La resolución de lo que sabemos.
Aunque otra especie mire el mismo cielo, nada garantiza que lo vea con la misma precisión. Una podría entender la gravedad a la manera de Newton, levantar civilizaciones enteras con ese modelo y no necesitar jamás a Einstein. No son mundos que se cancelen. Uno le basta a quien vive en su escala. Y aun así no viajan con los mismos supuestos.
En un mensaje simple la diferencia casi no se nota. Cuando la complejidad crece, y los conceptos se apilan unos sobre otros, como en la recursión, ese desfase chico del principio se vuelve una grieta. Arriba, el mensaje ya no se deja leer. Tratamos la realidad objetiva como si fuera un molde universal, y es un mapa. Cada especie lo dibuja con las herramientas que tiene, con su biología, y con la versión de la ciencia que le tocó en ese momento.
Hofstadter nos invita a un universo donde las matemáticas serían el puente absoluto. A mí me maravilla otra cosa. No que el mensaje guarde el significado adentro, sino que nuestras mentes tengan la maquinaria para levantar mundos enteros a partir de unos símbolos.