La seducción del simulacro

De los hrönir de Tlön a la era de la posverdad y la inteligencia artificial

Siempre me ha fascinado ese tipo de ficción especulativa que concibe una realidad casi idéntica a la nuestra, pero cambia un solo axioma y luego persigue todas sus ramificaciones. En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius Borges hace exactamente eso. Toma nuestro mundo, sustituye el materialismo por el idealismo radical de Berkeley, y el lenguaje mismo se queda sin sustantivos, porque allí no existen objetos que perduren, sino procesos y percepciones sucesivas. Después compila el universo resultante hasta sus últimas consecuencias.

Al leerlo hoy, como apertura de Ficciones, me resulta imposible no ver en la cultura de Tlön un espejo de nuestros propios dilemas: la posverdad, la degradación de las copias, el colapso del conocimiento profundo en la era de la inteligencia artificial y la pregunta de cómo resistir intelectualmente cuando el mundo prefiere un simulacro cómodo a una realidad caótica.

El Demiurgo moderno y la ilusión del sujeto único

La primera conexión que me saltó a la vista está en el origen mismo del cuento, y es con el gnosticismo. Para los gnósticos, el mundo material es obra de un Demiurgo, un dios menor e imperfecto, y el universo visible es una prisión de la que el espíritu tiene que escapar. La frase que Bioy Casares recuerda de un heresiarca de Uqbar, “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”, es prácticamente un manifiesto gnóstico, y la enciclopedia lo confirma al atribuírsela a “uno de esos gnósticos” para quienes el universo visible era una ilusión. Replicar la materia es perpetuar una trampa defectuosa. Y cuando descubrimos quién está detrás de la invención de Tlön aparece Ezra Buckley, el millonario estadounidense que decide financiar la creación no de un país sino de un planeta entero, con la condición de que la obra “no pacte con el impostor Jesucristo”. Buckley no cree en Dios, y precisamente por eso quiere demostrarle al Dios inexistente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo. Es, literalmente, un Demiurgo moderno: compite con el creador para diseñar en secreto un cosmos alternativo, un sistema formal cerrado hecho a la medida del hombre.

Dentro de la filosofía de ese planeta inventado hay dos ideas que me detuvieron. La primera es que sus metafísicos no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro, y juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Me parece la definición más pura de la posverdad, un entorno donde el valor de una idea está en su impacto estético o emocional.

La segunda es cómo esquivan el solipsismo. Si el mundo es solo una proyección mental, ¿cómo se explica que dos personas vean lo mismo? En Tlön la respuesta es la idea de un sujeto único: todos los hombres son un solo hombre, y todos los que repiten una línea de Shakespeare son William Shakespeare. Al leerlo sentí que eso seguía siendo una forma de solipsismo, solo que más grande. Se parece muchísimo a la premisa de The Egg, el cuento de Andy Weir. La idea de que hay una única conciencia corriendo a través de todos nosotros. Si dos personas miran una moneda, o si alguien escribe un poema, es el mismo espíritu atemporal haciéndolo desde ángulos distintos. Por eso en Tlön no existe el plagio: todas las obras son de un solo autor, intemporal y anónimo.

Los hrönir, Backrooms y el conocimiento tácito

De este idealismo nace la idea que más me atrapó del cuento, los hrönir, que son objetos secundarios producidos por la sugestión, la memoria o la esperanza. En Tlön, cuando alguien busca un objeto perdido, la fuerza de su expectativa termina por materializarlo. Lo crucial es cómo aparece: el hrön es un poco más largo, algo desairado frente al original, y cuando se producen hrönir a partir de otros hrönir, las aberraciones se exageran y las formas se van deformando o estilizando.

Cuando leí esto me transporté de inmediato a la reciente película Backrooms, de Kane Parsons. Ahí los objetos y seres que pueblan ese espacio son copias del mundo real que, al replicarse, pierden detalles y se vuelven extraños. Me puse a investigar si Parsons había citado a Borges como influencia. No encontré declaraciones suyas, y aunque casi todos los críticos ven a Borges detrás de Backrooms, lo relacionan solo con La biblioteca de Babel y la arquitectura de los espacios infinitos. Nadie parece haberlo conectado con los hrönir, aunque el fenómeno de los objetos degradados es idéntico.

Quizá la respuesta esté en un ancestro común. Uno es Platón, para quien el mundo sensible es una copia imperfecta del mundo de las Ideas y el arte es copia de esa copia, cada vez más lejos del original. El otro es Baudrillard y su teoría de los simulacros, copias sin original que terminan sustituyendo a la realidad. Y aquí el bucle se pone interesante, porque Baudrillard abre su libro Cultura y simulacro con otro texto de Borges, Del rigor en la ciencia, el del mapa que tenía el tamaño exacto del Imperio. Así que aunque Kane Parsons haya tomado inspiración de la estética de internet y del posmodernismo de Baudrillard, Borges termina siendo el ancestro del ancestro.

¿Por qué pierde detalles un hrön al nacer de la mente? Creo que aquí entra el conocimiento tácito, aquello que Michael Polanyi resumió en que sabemos más de lo que podemos decir. Un objeto real tiene una cantidad infinita de detalles que damos por sentados. Nuestra memoria y nuestras definiciones explícitas, en cambio, son formatos con pérdida. Cuando la mente intenta materializar algo a partir de su recuerdo o su expectativa, solo puede renderizar lo que cree recordar, y todo lo tácito, la rugosidad del mundo real, se queda afuera.

La inteligencia artificial y la pureza de líneas

Esto me lleva a una preocupación muy actual. Borges cuenta que los hrönir de segundo y tercer grado exageran las aberraciones del inicial, que los de quinto son casi uniformes y que los de undécimo “tienen una pureza de líneas que los originales no tienen”.

Esa frase describe lo que hoy hace la inteligencia artificial generativa. Pule las aristas, promedia los estilos y nos entrega textos, análisis o código con una sintaxis impecable y simétrica. El peligro es que esa pureza de líneas hace muy difícil que alguien que no domina un tema detecte los fallos. En el fondo, nadie debería usar información generada sobre algo que no conoce de antemano, porque sin el conocimiento profundo de la realidad, con sus fricciones y excepciones, es imposible distinguir la verdad de una alucinación estilizada.

Peor aún: estamos construyendo un mundo donde cada vez hay menos incentivos para estudiar algo a fondo. Y a medida que la IA se entrene con datos generados por ella misma, hrönir de hrönir, sufrirá una degradación inevitable, lo que ya se estudia como colapso de modelos. Llegará un punto en que esos sistemas necesitarán la calibración de expertos humanos que para entonces quizá ya no existan, porque habremos destruido la necesidad de formarlos.

El umbral del mendigo y la resistencia en el hotel de Adrogué

El giro final del cuento tiene una estructura fractal y encierra una advertencia política que Borges escribió en 1940, mientras los totalitarismos europeos reescribían la historia. Cuando el mundo real descubre la enciclopedia de Tlön, en lugar de rechazarla por falsa se enamora de ella. La realidad, dice el narrador, cedió en más de un punto, y lo cierto es que anhelaba ceder.

¿Por qué? Porque la realidad está regida por leyes inhumanas que nunca terminamos de percibir, y Tlön, aunque sea un laberinto, es un laberinto urdido por hombres y destinado a que lo descifren los hombres. Un mundo ordenado, aunque sea inventado, seduce tanto que terminamos prefiriéndolo al verdadero.

En Tlön las cosas también se borran y pierden detalles cuando la gente las olvida. El ejemplo clásico es un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte.

Y aquí está, para mí, el peligro definitivo de la posverdad: solo podemos notar que una copia se aleja del original mientras conservamos el original en la memoria, aunque sea vagamente. Cuando ese punto de referencia se borra de la memoria colectiva, ya no hay contra qué comparar. La copia ocupa el lugar de la realidad sin que nadie lo note. Al final del cuento, la historia armoniosa de Tlön ya ha sustituido la real en las escuelas, y un pasado ficticio ocupa el sitio de otro del que nada sabemos con certeza, ni siquiera que es falso.

Aun así, Borges nos deja dos imágenes finales. La primera es el pequeño cono de metal de Tlön, del tamaño de un dado y tan intolerablemente pesado que la opresión sigue en la palma después de soltarlo. Me recuerda que las ficciones e ideologías que abrazamos porque se ven ligeras y simétricas en el papel terminan teniendo un peso inhumano cuando invaden el mundo físico.

La segunda es la reacción del propio narrador. Ante la tlönización inminente del planeta, cuando desaparecerán el inglés, el francés y el mero español, él no se rinde, pero tampoco sale a gritar a las plazas. En los quietos días del hotel de Adrogué sigue revisando una traducción del Urn Burial de Thomas Browne que ni siquiera piensa dar a la imprenta.

Me identifico mucho con ese gesto porque a menudo me encuentro alternando entre dos posturas: automatizar tareas para seguir compitiendo en productividad en cosas que no me interesan, y elegir hacer a mano otras que vuelvo complicadas a propósito. En un mundo que nos empuja a delegar el pensamiento en máquinas de hacer hrönir, complicarse la vida deliberadamente, leer un texto difícil, entrenar nuestro cuerpo, resolver un problema sin atajos para mantener vivas capacidades que quizá pronto “ya no sean necesarias”, es una resistencia silenciosa para no olvidar cómo se siente el peso del mundo real.